jueves, 15 de junio de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

SECUENCIA ARGUMENTATIVA Y ARGUMENTACIÓN

LA LECTURA EN LA ESCUELA

Si se hace un análisis rápido y breve de cómo leemos en la edad adulta, nos daremos cuenta de que nuestra forma actual de leer corresponde a la manera en que, en primer término, fuimos adiestrados en ello y en segundo a la intensidad con que hemos ido practicando por coacción o convicción este hábito.
En ese orden podremos concluir que si fuimos afortunados en nuestra infancia y tuvimos una buena maestra –literalmente hablando, casi siempre fue una maestra la que nos enseñó a leer en primero de primaria-, aprendimos a descifrar, unir, combinar, repetir, separar o desechar signos, de los cuales, en aquellos remotos y felices tiempos, ignorábamos su significado e importancia y con esa salvedad, cruzamos los grados de educación básica, media y hasta superior confiados en que la intuición, imaginación, memoria e inteligencia harían lo mejor para considerarnos con el status de lectores.
Si por el lado contrario fuimos iniciados en la lectura por una maestra que le gustaba poco leer y poco su trabajo, empezamos a deletrear nuestras primeras palabras con una grave sensación de aburrimiento, desgano y desinterés, que a la larga nos situó en el plácido y cómodo lugar de la indiferencia y el desdén hacia todo lo que sonara a lectura o escritura.
Como podemos observar, lo anterior nos indica que es en la escuela donde –afortunada o desafortunadamente- los niños, los jóvenes y también los adultos iniciamos nuestro proceso de asimilación de la lectura, pues ese espacio académico es en el único lugar en el que se valida y legitima el acto y propósitos de la lectura.
Leer la lección en la escuela –por días, meses y años consecutivos- era la mejor prueba de que sabíamos leer y además de ello estábamos convencidos de nuestra habilidad lectora porque no solo un maestro sino muchos de ellos –en primaria, secundaria, bachillerato y superior- así nos lo habían hecho saber y eso nos llenó de orgullo siempre.
De repente, así nomás y sin saber cómo, un día de tantos descubrimos con asombro que leer no es sólo interpretar, ni repetir palabras mentalmente, sino establecer un diálogo, a través de un proceso consecutivo de enunciados, entre el lector y el autor; asimismo, también de pronto empezamos a comprender que leer es ir más allá del texto, pues el proceso de la lectura se practica no sólo en los libros sino en todo nuestro mundo, es decir, se lee una pintura, una película, los actos humanos, en fin, resulta que se sabe que alguien leer bien en la medida en que comprende y aprehende el inmenso número de mensajes cotidianos que llegan hasta él y son procesados, asimilados o reconstruidos de acuerdo con su experiencia previa. Ante ese escenario, podemos afirmar que la mejor lectura que se realiza no es aquella que hicimos en la escuela sino la que hacemos a diario desde nuestra realidad. Por lo que si aspiramos a mejorar nuestra capacidad lectora, debemos dejar de confiar en que la lectura realizada en la escuela –útil como mecanismo de alfabetización- es suficiente y rebasar esos límites a través de una lectura permanente, reflexiva y creativa.

(Miranda Gil, Marcos, Viaje alrededor de la lectura. Consulta en línea disponible en:

http://sepic.mx/letras/viajes.html)